La musa inexistente
Hoy me he levantado vacía de inconsciente que pueda dejar fluir en estos ejercicios diarios que empecé hace dos días. Soy consciente de que he soñado, pero me es imposible recordar el tema de mi sueño, o tan siquiera sus protagonistas.
Que sensación tan desoladora levantarse y no tener más o menos una historia que contar, algo. Hoy me encuentro en uno de esos días en que podría comentar muchas observaciones, cortas, breves y concisas, pero ninguna historia que empiece y acabe.
Hoy estoy between brackets. Explicaciones y más explicaciones, descripciones, quizás incluso alguna idea suelta que se digna a aparecer ante mi estupefacta mente que parece estar hoy en huelga en su más estricto sentido imaginativo.
¿Qué hacer cuando no se siente esa clara energía dirigida a hacer brotar las palabras de mis manos? ¿Qué hacer cuando uno sabe que está ahí, -porque, lo está ¿ verdad? -pero no sabe como invocarla?
Parece obvio que esperar desolado e inactivo a una incorpórea aparición de la musa delante de la página en blanco no es una opción que induzca a solución alguna.
Demasiado misticismo literario se ha encaprichado en hacernos creer que no es el autor quién escribe, sino el don, el duende, que se le aparece a este como oníricamente, y le dicta las palabras exactas, concretas, que le harán crear una maravillosa, original y contemporánea obra de arte. ¿Quién decidió otorgarle tal poder a tal duende juguetón, a la musa? ¿Quién decidió que el artista no era más que un mero escribano subyugado a las órdenes de tal déspota, que se digna a aparecer de tanto en cuanto?
¿Quién se encaprichó en creer que este, y no otro, es el motivo de las buenas obras literarias, restándole importancia al autor?
Denuncio hoy, – a falta de musa que me acompañe en esta encrucijada-, la corrupta idea de que las grandes obras se escribieron fácilmente y a su merced, como quien hace un dictado en clase en el que copia una gran obra escogida por el maestro.
Mentira. Las grandes obras, y también las no tan grandes, se escribieron y se escriben, estoy segura, con muchos dilemas delante del papel; con un enorme esfuerzo de trasladarse uno mismo a las páginas en blanco y; después de entre todo el caos, de entre todos los hierbajos y paja, destrizar lo que nos parece sublime, trascendental, importante, o, simplemente interesante.
Reivindico esta idea, porque si no, me parece absurdo y poco ambicioso dedicarme a la literatura, sintiendo que la creación de ésta se traduce en tan solo esperar a Godot, al funcionario de mi imaginación a que se digne a aparecer en sus horas de trabajo y me indique la dirección que debo tomar. Godot soy yo, y no tiene entonces ningún sentido que me siente en una silla, delante de una luz azulada de computadora, a esperarme a mí mismo. Seguramente sea más fructífero buscarme a mí mismo, en mis palabras, en mis pensamientos y raras elucubraciones, en mis miedos, alegrías, penas, dolores y amor; que esperarme a mí mismo, a que llegue a un sitio donde ya estoy.
By Laia.


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