Soledad
Sus fotos rellenan los marcos de los estantes. Sus zapatos alineados y brillantes y los trajes bien planchados, cuelgan lánguidos en su mitad del armario.
En el baño sobre la pica de la izquierda, resta su cepillo de dientes, recostado, inerte y seco contra el canto del vaso. El peso de su gordo culo a lo largo de los años ha dejado en el sillón frente a la tele, un amorfo hueco, y el respaldo descolorido, por su grasa capilar. Sobre el mueble de la entrada se amontonan sus cartas de acreedores y el manojo de brillantes llaves con su estúpido llavero de una piel de plátano de goma.
Sin embargo, en la triste noche silenciosa, cuando entre el incómodo sueño me doy la vuelta, su parte de la cama resta vacía y fría, y le echo de menos.
Rebeca Arnal


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