Despertar
Me desperté y de pronto todo era mentira. Mis libros no estaban sobre la mesita. Mi gato no maullaba. Por mi ventana ya no se colaba la luz brillante del día, sino la mustia sombra de un patio interior. No había ropa en mi armario: la nevera estaba vacía y mi cepillo de dientes había desaparecido. Salí a la calle y no reconocía aquella ciudad, de edificios medianos con decadentes fachadas.
Mi oficina no estaba donde debía y en vez del quiosco de la esquina había un carrito de helados. Deambulé por los nuevos canales, aspiré el húmedo olor de los sauces al cruzar un parque y saboreé el regusto aire amargo del invierno. La gente caminaba tranquila, cruzaba las calles al ponerse el semáforo en verde, recogía los deshechos de sus perros, hablaba, reía, reñía, silbaba, callaba… y yo me preguntaba donde había ido a parar mi vida.
Frente al escaparate de una zapatería escudriñé mi figura, y sin duda aquel era yo, mis hundidos ojos juntos, mis flacas piernas y mi barbilla sobresaliente.
No lograba comprender, si mi mundo se había esfumado o si quizás nunca nada había existido.
Volví a la habitación donde había despertado. Busqué bajo la cama mi diario y sus páginas estaban en blanco. Así que empecé de nuevo. Jueves 3 de Enero.
Rebeca Arnal


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