Thompsonville

woods-roadNo pude evitar pisar el freno, y parar en la cuneta. La carretera estaba desierta porque poca gente se dirige a Thompsonville un martes al atardecer. ¿Quién habría dejado una silla de mimbre en medio de la carretera? ¿Y con qué propósito? Evidentemente ninguno muy bueno, pues es fácil provocar un accidente dejando una silla en medio de la grava, en una carretera de carril y medio, llena de curvas y montañosa. La gente hace cosas extrañas a cada minuto. Mientras pensaba todo esto, me vino a la cabeza que si alguien estaba tan perturbado como para querer provocar un accidente, sería muy posible que estuviera escondido entre los matorrales de la estrecha cuneta, para ver el espectáculo en cuanto el desastre sucediera. Así que reprimí mi instinto de bajar del coche, siguiendo los consejos de mis dos acompañantes, que tampoco lo veían muy claro. Además teníamos prisa, pues uno no podía presentarse por sorpresa a las tantas en ninguna de las casas de Thompsonville, ni siquiera en la de Lucy.

Pero cuando ya estaba dispuesta a acelerar el motor otra vez y seguir con nuestro camino, me di cuenta de que el miedo no debía privarme de evitar un accidente, y que dejando la silla allí en medio estaba actuando tan mal o peor que quienquiera que la hubiera colocado ahí en primer lugar. Así que miré por el retrovisor, intentando adivinar alguna figura entre los árboles, alguien agazapado. Los reflejos cálidos de los últimos rayos de sol no me dejaban ver claramente nada del exterior. Y entonces una voz en mí dijo “¡qué narices!”, y en un impulso salí del coche me dirigí corriendo a la silla, la agarré por uno de los braceros con mi mano derecha y la deje en la cuneta, volviendo a toda prisa a la furgoneta, con la adrenalina en el cuerpo típica de las situaciones en las que, real o no, uno percibe claramente el peligro. Pero no pasó nada. La carretera siguió silenciosa como hasta entonces, no hubo reacción alguna a mi acto de mover la silla. Debía ser una gamberrada típica de los chavales que, aburridos en un pueblo de 60 habitantes, ya no saben que hacer para entretenerse.

Así que seguimos nuestro camino hacía Thompsonville, sin volver a pensar en el curioso incidente de la silla. El sol ya se había puesto prácticamente cuando cruzamos por debajo del acueducto que indica la inminente proximidad del pueblo. Unas millas después, el parque y el pequeño Bar-Restaurante de la entrada, rodeado de Olmos y Sauces llorones constituyen la entrada del pueblo. Los críos en el tobogán observaron escrutadores la furgoneta, intentando identificar en sus mentes a quién pertenecía, llegando al cabo de unos pocos segundos a la conclusión de que, tal y como habían sospechado, éramos forasteros. Cualquier cosa que los saca de su cotidianidad y de lo conocido es una aventura para ellos, es la novedad en Thompsonville, donde todos los habitantes se conocen, incluso demasiado.

Un par de calles después, pasada la plaza de la Iglesia (la única plaza del pueblo, por otro lado), llegamos a la puerta trasera de Lucy, sentada cómodamente en el patio trasero, con un pincel en una mano y una copa de vino en la otra. Su delicada mano se paseaba arriba y abajo del lienzo, sus ojos fijos en las flores naranjas y violetas del parterre. Un piano sonaba en el viejo radiocasete en la cocina, colocado en la ventana que daba al patio. La mesa estaba puesta, con el mantel de motivos florales y colores vivos, que me recordaba a los veranos que había pasado allí, ya hace mucho tiempo. A su alrededor, cuatro sillas de mimbre iguales a la encontrada en la serpentosa carretera media hora antes.

Lucy apartó sus ojos de las flores, y acompañando con un suave movimiento la copa hacía sus labios, dijo en extraño tono misterioso: “Hola chicos, os estaba esperando.”

Laia Vilaseca.


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