Soledad
Soledad no empezó a sentirse sola, hasta que, un día, mientras comía en su hora de descanso en uno de los bares de la zona, se dio cuenta de la mirada de alguien. Alguien en quien, pese a ser un desconocido, supo reconocer una mirada de compasión, o quizás tristeza.
Fue en ese momento que Soledad empezó a plantearse la razón por la que Alguien la miraba de ese modo. Miró a su alrededor: la gente comía en sus mesas de dos, tres, o cuatro personas, hablando, riendo y masticando. Ella leía un libro mientras comía, así que nunca había echado en falta a nadie para compartir el sustento del mediodía. Al fin y al cabo sólo se trataba de una comida.
¿Entonces porque Alguien la miró de ese modo? ¿Por qué sentía compasión por ella? ¿Sería porque estaba sola? ¿Por qué comía sola? Soledad empezó entonces a sentirse triste, nunca había echado a nadie de menos para compartir su hora de la comida…hasta entonces.
Así que Soledad llamó a la camarera y le preguntó si solía haber mucha gente comiendo sola, o si era ella la única clienta que engullía solitaria en la escasa media hora que tenia para comer. La camarera la miró extrañada, y le contesto que “no mucha, pero siempre alguna”, y se hizo la ocupada mientras iba a atender a una de las mesas de cuatro, que pedían otra botella de vino de la casa para acompañar el menú.
Soledad hecho un vistazo a su mesa. A ella con media botella le sobraba, claro. Pidió el cortado de siempre, y pensó que con el calor que empezaba a hacer, podría haber pedido un café con hielo en vez del cortado. Pero ahora ya estaba pedido, así que daba igual. Mientras lo esperaba, cerró el libro y observó atentamente a la gente que compartía la rutina que suponía el descanso para comer: poco tiempo para disfrutar de la comida y de una buena charla, demasiado para comer un bocadillo rápido, y demasiado poco para comer el bocadillo y pasear o dar una vuelta por el parquecillo que había cerca de las oficinas. Miró el reloj: le quedaban 10 minutos. Seis minutos para tomarse el café, más otros dos para cruzar la calle, entrar en el portal y apretar el botón del ascensor que tardaría uno o dos minutos para hacer el trayecto y dejar a Soledad en el doceavo piso, justo para sentarse en su silla y colocarse el pinganillo en el momento que se acababa su descanso para comer.
Soledad se levantó de la mesa y dejó un billete desgastado de 10 euros en el mostrador, y se fue sin tomarse el café. Al salir a la calle el sol cálido le acarició las mejillas.
Se quedó exactamente seis minutos impasible, de pie, en la acera, con los ojos cerrados sin fuerza. Después volvió a la oficina, donde no se sintió sola en toda la tarde.
Laia Vilaseca.


Leave a Reply