Saltar
La cola es extremadamente larga. Las parejas de pies desnudos y húmedos se suceden, unas detrás de otras, a lo largo del suelo, herviente por el sol. En el agua, varios niños y niñas se salpican unos a otros mientras cantan una canción que le recuerda a su infancia. La cola avanza un par de metros. El ruido de uno de los cuerpos cayendo al agua invade sus orejas. Se imagina la piel desnuda chocando contra la masa llena de cloro. Se imagina el latigazo que debe suponer ese contacto al descender desde las alturas. Mira hacia el fondo. Intenta valorar la profundidad. Quizás no sea una buena idea. Quizás lo que dicen que hay que enfrentarse a los propios miedos no suelen hacerlo, y por eso lo aconsejan. La cola avanza tres metros más. La estructura de hierro queda ahora a escasos metros de él. Delante, cuatro personas ascienden por sus peldaños con los pies descalzos. Los choques contra el agua se suceden unos detrás de otros, cada vez más deprisa, cada vez más cerca, cada vez más ruidoso. Piensa en abandonar la cola. Detrás de él, una pareja de jóvenes bromean y ríen. Siente vergüenza.El sudor le resbala por la frente haciendo patente su incomodidad. “¡Vamos, tira adelante!”. La voz grave desde el final de la fila lo saca de sus pensamientos, para darse cuenta de que un espacio vacío se dibuja entre él y los que empiezan a subir por la escalera. Duda. “¡Vamos tío, joder!”Finalmente avanza llenando el hueco vacío. La escalera se presenta altiva. Respira hondo. El joven que tiene detrás lo empuja levemente con el brazo. Sus manos agarran fuertemente los hierros verticales. Un pie detrás de otro. Sin mirar abajo. Uno detrás de otro. Una y otra vez. Pero ahora sus ojos insisten, y mira hacia abajo. Los brillos de la luz del sol provocan en el agua destellos intermitentes. Se le nubla la vista. Cierra los ojos. Los abre. Mira el cielo. Azul. Sereno. Tranquilo. Vuelve a mover un pie detrás del otro. La gente se hace pequeña. Las voces cada vez más lejanas. La brisa parece más fresca. Le acaricia el rostro, borra el sudor de su frente. Inhala fuertemente esa brisa. Llega arriba del todo. Hormigas en el agua. Vocecitas lejanas. Todo el resto desaparece a su alrededor. Una duda lo asalta. La acalla con el azul del cielo. Avanza un par de pasos. Se sitúa en el borde. Blanco. Se deja caer. Vuela. Desciende. Se sumerge en el agua, que envuelve con caricias su cuerpo. Sonríe. Sonríe. Sonríe.
Laia Vilaseca.


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