Argentiera, un pueblo fantasma

Íbamos alegres en el coche de alquiler, por una de las carreteras secundarias de Cerdeña, contemplando el paisaje, que se desplegaba a banda y banda en todo su esplendor, fruto de una primavera húmeda. El cielo grisáceo, arrastraba la resaca de la lluvia, y condensaba el ambiente. La carretera empezó a ascender, rodeando una colina, de sutiles curvas. El mosaico de tonos verdes, la ligera pendiente rocosa y la ausencia de civilización en la zona, procuraban un silencio entre tenso y agradable. Hacía tiempo que no encontrábamos una señalización, sin embargo, no se habían presentado desvíos, y seguimos ascendiendo. Al cabo de unos kilómetros, sin realmente darnos cuenta, cautivados por el espectáculo de la naturaleza, advertimos que estábamos descendiendo la colina. Las curvas un tanto más pronunciadas nos mantenían alerta, y la incertidumbre de la ubicación de nuestro destino, despertaba cada vez más nuestra curiosidad; por ello el resto del camino se hizo largo y expectante. ¿Cuándo íbamos a llegar al mar?.
Pronto, tras un par de curvas advertimos el azul de océano, sin embargo tan pronto, lo perdimos de nuevo de vista. La bajada se acentuaba, y cuando torcimos la que era la última curva, especialmente pronunciada, la carretera bajó directamente a la orilla del mar topándonos con el cartel de “Argentiera”.
P1010059 El silencio era total, excepto por el rumor de las olas. La arena era de color gris oscuro, casi negro, igual que las rocas. La carretera no parecía continuar, a la izquierda el paso se cerraba con el acantilado que acunaba la singular cala; torcimos a la derecha, bordeando la orilla, y nos recorrió un escalofrío. Al frente se extendía al agua oscura, pasiva, y el cielo mortecino, sobre la pequeña cala; detrás sobre el escarpo terreno, se tambaleaba una pequeña acumulación de casas de madera corroída y descolorida, mostrando sus decadentes entrañas, entre las vigas desnudas.
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Era la estampa de un pueblo fantasma, tal como uno se lo imagina.

Al pie de la pendiente yacía un edificio de piedra que parecía haber sido bombardeado, con desfigurados boquetes que dejaban a la vista un interior decrépito e infinitamente vacío.
Observando el panorama, asombrados, tardamos unos minutos en comprender que no podríamos tomar un café, como habíamos previsto. Un cartel, oxidado, que anunciaba un restaurante, se sostenía como único resquicio de civilización.

P1010067Movidos por el instinto de reconocimiento del terreno, y por lo misterioso de aquel escenario, propio de una película de terror, caminamos hacía lo que quedaba de decrépito pueblo. Asomamos la cabeza por uno de los boquetes, para escuchar el frío eco de nuestra respiración.

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Se mostraba desierto, sin más, como si sus habitantes hubiesen huido a una, presos del pánico, o esa era la sensación que a mí me produjo. ¿Una catástrofe?. Inspeccionando, prudentes, entre las ruinas, sentía como si el tiempo se hubiese detenido, en este rincón escondido de la isla. Era entre aterrador y fascinante.

La guía explicaba que Argentiera había sido abandonado en 1962, como un apunte, sin mas explicación, pero ¿cómo podíamos imaginar, que desde entonces, nada había cambiado?. Aquel decadente paisaje, había sido dejado a merced del tiempo y su corrosivo efecto, durante más de 45 años. Siempre la imaginación adorna la realidad, que descubrí al investigar aquel suceso que me había intrigado. Argentiera, antiguo pueblo minero, había sido abandonado paulatinamente por sus desafortunados habitantes, cuando la mina dejó de ser un modo de sustento. La negruzca arena era sin duda la imprenta que el polvo de la minería había dejado, trastornando el color del paisaje.

El paraje, a salvo del tiempo, es cautivador. Es un lugar recóndito, al que solo se puede acceder por una carretera, y resulta muy inspirador. Aquellos que le dieron vida, se reubicaron en otros lugares, pero Argentiera, resiste, triste y melancólica al paso del tiempo, cual fotografía de recuerdo de una época pasada.

Rebeca Arnal


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