La Sra. del quinto apenas salía de casa; tenía por lo menos ochenta años que resbalaban a modo de arrugas por su rostro de brillantes ojos verdosos. Siempre estaba sonriente, pero nunca hablaba con nadie, bien podría haber sido muda. Era delgada y menuda, tan menuda que ni si quiera llegaba a presionar el botón del quinto en el ascensor, y por ello cuando subía sola paraba siempre en el tercero y subía andando, aunque fuese cargada con bolsas de la compra.
Un día coincidí con ella en el rellano; llevaba entre sus manos una vieja tostadora, que debía haber sido blanca algún día. No parecía muy contenta, y siendo una novedad me aventuré a hablar con ella. Le pregunté por la tostadora. Me sorprendió escuchar su voz, dulce, pero clara y contundente, en contraste con su frágil complexión. Resulta que se le había estropeado la tostadora, y le habían dicho que no se podía arreglar. Nunca pensé que una vieja tostadora podía apenar tanto a alguien. Me ofrecí para echarle un vistazo.
La tostadora no estaba estropeada, yo la probé en mi casa, de hecho me hice un par de deliciosas tostadas con ella. La examiné con detenimiento y no parecía que tuviese ningún problema.
Piqué al timbre y la señora del quinto me abrió, tras comprobar por la mirilla. Me invitó a pasar y la puerta se cerró tras de mí. La Sra. tenía los ojos fijos en mí pero yo no podía fijar la vista, mis ojos recorrían estupefactos el salón, que no tenía ningún sentido. En vez de cuadros en las paredes colgaban vestidos y faldas, había un par de neveras con la puerta entreabierta llenas de libros y tenía una lámpara en cada esquina, pero en el interior de la pantalla en vez de bombillas había tiestos con flores. En el sofá de tres plazas floreado se desplegaba una colección de pisapapeles de cristal de todos los colores bien alineados…todo estaba fuera de lugar.
La Sra. al ver que no decía nada, me preguntó si había conseguido arreglar la tostadora; yo ya había olvidado porque estaba ahí.
Le dije que la tostadora funcionaba correctamente, que si quería lo podíamos comprobar. Entonces me guió hasta el lavabo, donde en la repisa de la bañera había una pequeña tele sobre la que estaban, lo que parecían champus, en bolsas de plástico transparente; en vez de una toalla detrás de la puerta colgaba una sábana y a los pies de la pica había una funda de almohada.
La Sra. cogió la tostadora de mis manos y la colocó convencida sobre un estante encima de la pica, luego se agachó con dificultad para enchufarla y se quedó mirando directamente la tostadora que le quedaba la altura de la cara. – No funciona, no me veo… ¿como me voy a lavar la cara así? – Me miraba buscando una respuesta pero yo estaba tan desconcertado que no sabía que decir. Claro que no veía nada, la pintura de la tostadora estaba toda saltada y debajo el metal estaba oxidado. A ella no le importaba si hacía tostadas o no, era su espejo del baño. – ¿No sería mejor que se comprase un espejo?- tanteé. Resulta que tenía un gran espejo, pero era su mesa de la cocina, sostenido sobre una estantería gruesa con un ventilador que refrescaba las frutas de los estantes. Desde luego la Sra. del quinto estaba chiflada pensé, pero ella actuaba tan normal, se movía como pez en el agua en su casa a su medida… ¿había vivido así toda la vida?.
La Sra. decepcionada me dijo que podía tirar la tostadora a la basura, me agradeció la intención y me invitó a tomar algo, pero no me atreví.
Mientras daba vueltas en la cama, pensaba que podía hacer para ayudar a la pobre Sra, aunque ¿pobre por qué? ¿acaso no estaba sana y sonriente?. Era tan anormal su modo de vida, que me parecía un problema, o una enfermedad, ¿es que realmente no sabía que función tenía cada objeto? ¿Es que compraba las cosas y las usaba a su parecer sin más? . Quizás debía llamar a la policía, o mejor a un médico… pero ¿qué sería entonces de ella?. A lo mejor podía descubrir si tenía algún familiar a quien comentarle el problema, pero ¿realmente era un problema?. Pensé en qué le perjudicaba a ella, o a los demás, pero no parecía nada grave; en el fondo no era ningún problema, pero no era normal. Podía explicarle que las cosas no se usan así, ayudarla a reestructurar su casa… eso era una buena idea, pero me la imaginaba preguntándome por qué, y la única respuesta que se me ocurría es: porque es así, por que cada cosa ha sido diseñada para una función… pero a ella también le hacian una función…podría objetar y con razón; deseché la idea por falta de argumentos convincentes… le dí vueltas, mientras daba vueltas en la cama y antes de caer rendido, creí haber dado con una solución.
Al día siguiente, la Sra. me abrió la puerta con una sonrisa, parece que le hacía ilusión verme de nuevo. – Tenga, le he comprado una tostadora nueva y seguro que ésta le va mejor que la antigua.- La Sra. me invitó a pasar. Abrió la caja con sumo cuidado, y cuando descubrió la brillante tostadora de aluminio quedó impresionada. Su alegría confirmó con creces mi acierto, la ayudé a colocarla en el lavabo y está vez acepté quedarme a tomar un café. Un café, de un sabor menos amargo, aderezado con especies en vez de azúcar, y colado con un calcetín de media. Lo bebimos en copas de champagne, mientras la Sra. me explicaba como conoció a su primer amor.
Cada jueves subo al quinto, para sorprenderme y para hacer compañía a la Sra, que me espera con el café preparado y me explica los fragmentos desgranados de su vida que aún guarda en la memoria. Todavía no he sacado e tema de los objetos y no creo que nunca lo haga.
Rebeca Arnal