Sufrió un arrebato de ira irremediable que contra nadie podía descargar; sólo ante la tempestad, gritaba al vacío sin gritar y acometía con el puño cerrado contra la pared hasta sangrar.
El cansancio, la impotencia, la falta de resultados le apresaban y en su pecho no cabía más rabia. Llevaba semanas encerrado, haciendo cálculos fracasados para ubicar la posición de aquella señal repetitiva y aguda que en mala hora recibió en el transmisor de la cara este de la colina.
Siempre creyó que había algo más allá, que había alguien, algún ser, distinto de nosotros, igual que nosotros, parecido a nosotros . . . se negaba a creer que un espacio infinito albergara solo una raza en una minúscula esfera de aire, tierra y agua, no se negaba a creerlo, más bien, su lógica conciencia, aseveraba que se trataba de una verdad indiscutible, el que no estábamos solos en este universo.
Había interceptado radares lejanos, señales de múltiples radios de barcos, aviones, e incluso de un submarino…. o vibraciones de la nevera estropeada de un vecino no tan vecino; su pragmatismo le llevaba a comprobar la procedencia de cada señal antes de hacerse ilusiones, ya que esperaba algún día contactar con algo del más allá, siendo el más allá lo que traspasa los límites de nuestro universo, y no de nuestra vida; pero era paciente, y el solo echo de localizar la fuente de la señal le producía un gran gozo; lo que no soportaba eran las cosas que quedaban inconclusas, no le gustaban los finales abiertos, ni las ambigüedades, por ello cada señal que recibía la analizaba y perseguía hasta dar con su origen, costase lo que costase; sin embargo esta se le estaba resistiendo y estaba llevándole a la desesperación. ¿Sería lo que tanto tiempo llevaba esperando?
Era aprensivo al color rojo de la sangre, de la sangre y de los tomates, de los semáforos, de las amapolas, era un color que le producía una extraña sensación de repugnancia, y por ello corrió al lavabo a mojarse la cara para paliar el mareo y se tapo el puño con una toalla.
Los altavoces simétricamente colocados alrededor de las paredes de la habitación, no dejaban de reproducir ese sonido agudo, esa especie de pitido repetitivo, que cada 3 segundos, cesaba 1, y cambiaba de frecuencia durante cinco, para cesar 2 y volver de nuevo a seguir el mismo patrón. Había subido al máximo el volumen para escucharlo claramente, y ya los tímpanos le dolían. Volvió a sentarse frente al ordenador, y siguió calculando. Los números se desfiguraban, se abstraían rebeldes en su cabeza y cayó vencido por el sueño, sumiéndose en amargas pesadillas, donde un mar profundo y oscuro se lo tragaba, ahogándose lentamente mientras destellos de ese rojo insoportable danzaban a su alrededor.
Despertó exhausto, sediento, habían pasado unas diez horas, caminó tambaleándose hasta la nevera y bebió, sin percatarse de que llevaba 5 días podrido, de un zumo de uva. Un par de rallos de sol se colaban por una cortina mal ajustada, furioso se acercó a cerrarla colocando una pinza para que no se abriese y sumido en la densa oscuridad abrió la pequeña luz de la mesa.
La señal seguía sonando, pero aun no se había parado a escucharla de nuevo. Se sentó atento y escuchó. El mismo patrón se seguía repitiendo.
Bajó al desván donde tenía instaladas las cámaras que monitorizaban los repetidores que tenía esparcidos por toda la colina, pero nada había cambiado, todo parecía tranquilo, ni viento, ni pájaros cerca, ni nada que pudiese interferir en el repetidor. Giro la cámara 360 grados peo no había nada sospechoso alrededor.
Desde que hubiera escuchado la señal por primera vez, había realizado esta acción lo mínimo 15 veces. Su mente procesaba a máxima velocidad, pensando que podía ser aquello, de donde podía proceder, ¿cómo podía ser que estuviese recibiendo esa señal ininterrumpidamente durante dos meses? Estaba furioso, su imposibilidad de localizarla le amargaba y le robaba poco a poco la cordura y con ello la vida.
Le dolía el estómago de no comer, pero no tenía fuerzas para pensar en la comida y menos para preparársela. Volvió a beber zumo pasado. En la gran mesa hundida por el peso, los volúmenes de libros estaban desordenadamente esparcidos, abiertos, con las páginas marcadas y anotaciones en los márgenes, ya no sabía donde buscar, ya no sabía que hacer, ya no sabía como seguirle la pista a aquella señal, había agotado todos sus recursos había probado todo, y cuando estaba a punto de rendirse. . . la señal cesó. Cesó, sin más, igual que había llegado. El silencio le alivió durante unos segundos pero en seguida el vacío se le hizo insoportable, la había perdido, se había ido. Y ahora, que le quedaba, más que imaginar, suponer, esperar a que volviese, pero nunca volvió.
En la soledad de su impotencia de pronto todo le pareció absurdo. La señales, el universo, la vida.
Se acercó a la puerta de su casa y al abrirla la luz del sol temprano e cegó. Contempló durante horas paralizado el verde de la colina, el azul salpicado de blancas nubes del cielo, el marrón del polvo que cubría el camino hacía el pueblo. Había olvidado que el mundo seguía viviendo a su alrededor, un pensamiento ajeno paseó por su mente casi en blanco, y lo vislumbró claro y atento, aquella señal había sido la más importante de su vida, una señal de socorro, emitida desde su interior. Eso es lo que quiso creer, y eso es lo que le devolvió a la vida.
Rebeca Arnal